El brazo minero chileno de la familia evitó su liquidación en abril mediante un acuerdo con Santander y Glencore que contempla desprenderse de varias operaciones.
Pullalli permanece paralizada desde 2023, pero la compañía acaba de presentar un proyecto para volver a producir durante casi tres años utilizando sus instalaciones existentes.
El proceso obligó al conglomerado, con negocios energéticos e industriales en Perú y forestales en Paraguay, a comprometer acciones de la sociedad controladora de CAP y otros activos históricos.

Cuatro meses después de evitar la liquidación de la Compañía Explotadora de Minas (Cemin), el brazo minero de su familia, Juan Enrique Rassmuss inició el proceso para reabrir Pullalli, una mina de oro que lleva tres años paralizada y que deberá ser vendida para pagar a los acreedores de la compañía.
La decisión dibuja una secuencia empresarial poco habitual. Antes de desprenderse de la faena ubicada en La Ligua, Cemin pretende volver a extraer mineral, generar ingresos durante casi tres años y poner en producción una unidad detenida desde septiembre de 2023 por razones económicas y operacionales.
La reorganización corresponde formalmente a Minera Cemin-Pullalli, una sociedad del grupo. Fue esa empresa la que en abril consiguió evitar su liquidación mediante un pacto respaldado por Banco Santander y Glencore, sus dos principales acreedores.
El nuevo proyecto fue presentado ayer ante el Servicio de Evaluación Ambiental y contempla una inversión de US$500 mil. La compañía proyecta iniciar la extracción en enero de 2027 y extenderla hasta octubre de 2029. Antes, espera que la autoridad confirme que la reactivación no requiere una nueva evaluación ambiental.
El oro que todavía queda
La cifra central exige una precisión: el plan considera remover hasta 408 mil toneladas de material mineralizado que contiene oro, no 408 mil toneladas del metal precioso. La producción alcanzaría un máximo de 12 mil toneladas mensuales, que serían acopiadas en la faena para que el potencial comprador organice su retiro.
Pullalli recibió en 2017 autorización para explotar 1,59 millones de toneladas durante una década. Cuando suspendió sus faenas había extraído 710.270 toneladas y todavía mantenía un saldo de 885.730 toneladas.
Cemin pretende recuperar menos de la mitad de ese material pendiente. Incluso si completa el programa, quedarán otras 477.730 toneladas sin explotar.
La compañía no proyecta construir instalaciones, abrir sectores adicionales ni ampliar su capacidad. Utilizará la mina subterránea, los caminos y las obras existentes, con un ritmo mensual un 20% inferior al permitido originalmente.

Una venta en plena producción
El dato decisivo no está en la ingeniería. Pullalli forma parte de las unidades que la familia Rassmuss comprometió para pagar la deuda que llevó a Cemin al borde de la liquidación.
El pacto estableció que el proceso de venta no comenzaría hasta que transcurrieran 18 meses desde su aprobación. El plazo se cumplirá en octubre de 2027, cuando la mina podría llevar cerca de diez meses nuevamente en funcionamiento.
La empresa intenta, de ese modo, llegar a la búsqueda de un comprador con una faena capaz de generar recursos y no con instalaciones detenidas. El convenio permite incluso modificar el momento de la enajenación de aquellas unidades cuyos ingresos sean destinados al servicio de las obligaciones, si los acreedores estiman que así se protege mejor su valor.
El calendario abre una situación singular. Pullalli podría comenzar 2027 como una mina recién reactivada y terminar ese mismo año ofrecida al mercado, mientras continúa extrayendo el mineral que quedó bajo tierra tras su paralización.
De una fortuna regional a la reorganización
La jugada adquiere otra dimensión al mirar la historia de los Rassmuss. Cemin fue fundada en 1982 por Juan Rassmuss Echecopar, un ingeniero de minas nacido en Perú que construyó uno de los conglomerados más diversificados y menos conocidos de Chile.
El empresario levantó intereses en minería, industria, energía, petróleo, transporte marítimo e inversiones financieras. En Perú, la familia desarrolló Olympic Perú, dedicada a la explotación de petróleo y gas, además de Sudamericana de Fibras y la metalúrgica Mepsa.
Olympic continúa siendo una pieza relevante del conglomerado y se ha convertido en el mayor productor de gas del norte peruano. En Paraguay, en cambio, los Rassmuss concentraron sus inversiones en el sector forestal e intentaron abrir una línea petrolera mediante Cerro León, un antiguo proyecto de exploración de hidrocarburos que no llegó a consolidarse.
Se estima que el patriarca, fallecido en 2016, llegó a acumular una fortuna estimada en US$1.000 millones. Su único hijo, Juan Enrique Rassmuss Raier, heredó la conducción de un conjunto de compañías extendido por distintos países y mantuvo en Chile una posición relevante en Invercap, la controladora de CAP.
Una década después, parte de ese patrimonio terminó respaldando la supervivencia del negocio minero familiar.

Una deuda de $117 mil millones
Minera Cemin-Pullalli llegó a la reorganización con pasivos por $117.559 millones. De ese total, $85.539 millones correspondían a terceros y los restantes $32.020 millones a empresas y entidades vinculadas con la propia familia.
Santander concentraba acreencias por $59.466 millones y Glencore, por otros $13.934 millones. Juntos representaban casi el 86% de las obligaciones externas y tuvieron el peso suficiente para sostener la fórmula que evitó el cierre de la empresa.
El plan contempla dos fuentes de pago: los ingresos de las faenas que sigan funcionando y los recursos obtenidos mediante la venta de una extensa cartera de bienes. En ella figuran Pullalli, los relaves de oro de Domeyko, propiedades mineras y activos inmobiliarios y productivos pertenecientes a otras sociedades.
La totalidad del dinero recaudado mediante esas enajenaciones deberá destinarse al pago anticipado de los créditos de largo plazo.
Las garantías llegaron hasta CAP
El respaldo entregado a los acreedores no quedó limitado a los bienes de Cemin. Inversiones Hierro Viejo puso en garantía 22,1 millones de acciones de Invercap, equivalentes a cerca del 14,8% de la sociedad que controla CAP.
La presión sobre el patrimonio familiar fue todavía más lejos. En abril, los Rassmuss contrataron a Bank of America para buscar un comprador para su participación en Invercap, una inversión que durante décadas los mantuvo ligados a uno de los mayores grupos industriales del país.
La decisión coincidió con la salida de Juan Enrique Rassmuss de la presidencia de CAP. El empresario dejó ese cargo para concentrarse en los demás negocios familiares, especialmente en la reestructuración de Cemin, aunque permaneció en el directorio.
También quedaron comprometidas la Planta Amalia, en Catemu; las oficinas de la minera en el centro de Santiago, y diferentes propiedades y operaciones. Glencore recibió, además, garantías sobre activos y contratos futuros de compraventa de minerales.
Las sociedades relacionadas debieron aceptar otra condición: no podrán recuperar los $32.020 millones que les adeuda Minera Cemin-Pullalli mientras Santander y Glencore no hayan sido pagados. Entre ellas se encuentra la Fundación Familia Rassmuss, que había aportado más de $12 mil millones.
Los acreedores que aparecieron después
La crisis no surgió de un tropiezo aislado. La compañía enfrentó cambios en las características de sus yacimientos, mayores costos, retrasos en permisos, nuevas exigencias regulatorias y una capacidad productiva que no estaba siendo utilizada plenamente. Al momento de la reorganización arrastraba pérdidas acumuladas superiores a $88 mil millones.
Después de la aprobación, varios proveedores cuyos créditos no habían sido incorporados inicialmente solicitaron acogerse a las mismas condiciones. Las acreencias reconocidas son ínfimas frente al pasivo de $117.559 millones y no alteran el equilibrio económico del plan ni el predominio de Santander y Glencore.
El movimiento principal ocurre en Pullalli. Allí, Rassmuss pretende comenzar a extraer mineral en enero próximo. Nueve meses más tarde quedará habilitado el inicio del proceso para encontrar un nuevo dueño.
Si el calendario se cumple, la mina que permaneció tres años paralizada volverá a producir precisamente cuando comienza la cuenta regresiva para que deje de pertenecer a la familia.





