
El 4 de septiembre parece destinado a marcar a fuego a la izquierda chilena. Ese día de 1970, Salvador Allende obtuvo la primera mayoría presidencial con apenas el 36% de los votos.
Semanas después, el Congreso lo eligió tras el acuerdo entre la Unidad Popular y la Democracia Cristiana sobre un Estatuto de Garantías Constitucionales. El 22 de agosto de 1973, la Cámara de Diputados acusó formalmente a su gobierno de un «grave quebrantamiento del orden constitucional y legal».
Cincuenta y dos años después, otro 4 de septiembre, el 62% de los votantes rechazó la propuesta constitucional con que la izquierda pretendía coronar su impulso refundacional: la versión del siglo XXI de aquella revolución con empanadas y vino tinto.
El calendario añadió una ironía: es el Día Nacional del Vino y el día en que la Contraloría tomó razón del decreto que permitirá producir vinos que emborrachen menos.
El réquiem de una generación
Y ese mismo 4 de septiembre muere Camilo Escalona, uno de los últimos representantes de una izquierda que había comenzado a desaparecer mucho antes que él.
Es un hecho transversalmente reconocido que la izquierda carece hoy de un ideario capaz de convocar a una mayoría. Sus banderas de lucha, desde la economía dirigida por el Estado hasta el plurinacionalismo, han mostrado empíricamente su fracaso.
Y una fuerza política que deja de ofrecer futuro comienza a morir.
Sin embargo, la muerte de esa izquierda no es algo que la derecha deba celebrar, sino que debe preocuparla, entendiendo que los adversarios se forman entre sí.
Aquella generación —forjada en el amor por las ideas y por el que tiene menos, en los libros, la calle, el exilio y la recuperación de la democracia— obligó a la derecha a leer, a formarse y a pensar la cuestión pública más allá del éxito individual, las cifras macroeconómicas y los salones de CasaPiedra.
El reemplazo de la política
Como consecuencia de este réquiem, hoy emerge una nueva izquierda que sustituye la historia por la consigna, la formación por el punto de prensa y la política por el video viral. La dupla Cicardini-Manouchehri es su expresión más visible.
Sin embargo, una izquierda hueca puede convertirse en el acelerante perfecto para una derecha autocomplaciente, soberbia, socialmente indolente e intelectualmente pobre.
Y la suma de dos vacíos no promete un futuro esplendor, menos aún en un país atravesado transversalmente y, como nunca, por el pesimismo y la incertidumbre.
Todo réquiem político es provisional. La derecha no debe celebrar el funeral, ni mucho menos dormirse en él, sino aprovechar esta oportunidad para demostrar que la libertad no es privilegio de una élite satisfecha y que aspirar a una vida mejor, basada en el esfuerzo individual y no en los subsidios estatales, no convierte a nadie en un «facho pobre».
Una mayoría prestada
Quienes creemos en la libertad personal y el emprendimiento privado como motores del desarrollo no ganamos nada si solo logramos convencernos entre nosotros.
Ese 62% del 4 de septiembre de 2022 no abrazó un ideario de derecha, sino que rechazó el que la izquierda le ofrecía.
El desafío consiste en demostrar con hechos que la libertad, el esfuerzo, el emprendimiento y el crecimiento pueden traducirse en progreso: material y humano; económico y emocional.
Solo así podremos abandonar el pesimismo, recuperar la esperanza y construir con visión de futuro.
La disputa está en la calle
Esa disputa no se ganará —por cierto— a propósito de columnas como esta ni en seminarios empresariales.
Se ganará estando presentes en las poblaciones, en las escuelas y liceos públicos, en los centros de formación técnica y en las juntas de vecinos; entre profesores, trabajadores y funcionarios públicos.
También se ganará aprovechando los fondos de cultura para transmitir y permear la importancia de decir «permiso», «perdón» y «gracias», así como la relevancia de la autoridad: la del abuelo, la del profesor, la del policía y la de la ley.
Asimismo, habrá que aprovechar esta mayoría circunstancial para dejar establecido un sistema legal que premie el esfuerzo y encarcele al ladrón, en el que los jueces, profesores y policías mediocres puedan ser objetivamente removidos y los sobresalientes, rápidamente promovidos.
Predicar con el ejemplo
Jesús enseñó las verdades más profundas de nuestra historia mediante parábolas sencillas y las hizo creíbles con su conducta.
A la derecha le sobra prédica y le faltan dirigentes dispuestos a formarse, escuchar y, sobre todo, servir con el ejemplo.
El 4 de septiembre de 2022, millones de chilenos se unieron tras una sola palabra: Rechazo.
El deber histórico de la derecha es ofrecerles, por fin, algo a lo que puedan decir: «Abrazo».
Por Álvaro Moraga Fritz
Abogado, académico y socio de Moraga & Cía.





