
La economía mundial parece haber aprendido a convivir con el sobresalto. Guerras, tensiones comerciales y crisis energéticas alteran las expectativas, pero no siempre provocan las recesiones anunciadas. La tesis de la “economía de teflón” ofrece una explicación: empresas más adaptables y Estados dispuestos a intervenir amortiguan los golpes.
En ese contexto, para Chile, la pregunta es cuánto de esa resistencia podemos construir y cuánto estamos simplemente dando por descontado.
La primera lección es empresarial. Resistir exige prepararse desde antes. La resiliencia exige diversificar proveedores, mercados y fuentes de financiamiento; fortalecer la liquidez y utilizar tecnología para anticipar interrupciones. Una empresa que depende de un solo cliente, un banco o una ruta logística difícilmente puede llamar estrategia a la esperanza de que nada falle.
Diversificación y solvencia
En una economía abierta como la chilena, esta discusión importa especialmente. El cobre, la agroindustria, la actividad forestal y los servicios exportables conectan nuestras oportunidades con decisiones tomadas lejos de Santiago. Por eso, esa exposición exige convertir la integración internacional en una plataforma de diversificación, productividad y mayor valor agregado.
A su vez, la segunda lección es financiera. Resistir una crisis depende tanto de la rentabilidad como de la estructura del balance. Plazos de deuda compatibles con los flujos, riesgos cambiarios bien gestionados y acceso a distintas fuentes de capital pueden marcar la diferencia entre atravesar una turbulencia y liquidar activos en el peor momento. Profundizar el mercado de capitales y ampliar el financiamiento empresarial debería ser parte de nuestra agenda de crecimiento.
Por último, la tercera lección obliga a mirar al Estado. La protección tiene un costo: cada rescate compromete recursos y puede alimentar la expectativa de que alguien siempre absorberá las pérdidas. Chile debe cuidar su capacidad de responder ante emergencias. La disciplina fiscal permite actuar cuando más se necesita; no es un obstáculo para hacerlo.
Resistir para crecer
Sin embargo, también sería un error confundir estabilidad con dinamismo. Evitar una recesión no equivale a elevar sostenidamente los ingresos. Para crecer se requiere inversión, competencia, capital humano y reglas previsibles. Agilizar permisos con estándares exigentes y ofrecer certeza a proyectos de largo plazo son tareas que ninguna recuperación externa hará por nosotros.
El riesgo de la economía de teflón es creer que nada se pega, hasta que llega una crisis que supera todas las defensas. Chile necesita empresas preparadas y un Estado solvente. La resiliencia debe servir para invertir y crecer, no para acostumbrarnos a sobrevivir.
Por Roberto Darrigrandi
Eeconomista y socio de Altadirección Capital Chile





