
Hay una escena que se repite con inquietante frecuencia en el fútbol amateur. El jugador que lleva tres partidos errando goles cantados exige al técnico que lo ponga de titular. No porque haya mejorado, sino porque siente que merece jugar. Cuando no lo ponen, la culpa es del entrenador, del sistema, de los compañeros. Nunca del pie que no llegó al balón.
Esa escena, multiplicada por millones, describe con precisión el espíritu de una época.
La trampa de la queja cómoda
Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto y padre de la logoterapia, sostenía que la última de las libertades humanas es la capacidad de elegir la propia actitud ante cualquier circunstancia. No la circunstancia en sí —esa muchas veces no la elegimos—, sino la respuesta que damos frente a ella. En El hombre en busca de sentido escribió que quienes sobrevivieron a los campos de concentración no fueron necesariamente los más fuertes físicamente, sino los que encontraron un para qué seguir adelante. Un propósito que dependía de ellos, no de lo que otros les dieran.
Frankl no predicaba el estoicismo frío ni la indiferencia ante la injusticia. Predicaba algo más difícil: la responsabilidad radical sobre lo que sí está en nuestras manos.
Hoy, en cambio, hemos desarrollado una habilidad extraordinaria para identificar lo que está en manos de los demás. Lo que el Estado no nos da. Lo que la empresa no reconoce. Lo que la sociedad no valora. El diagnóstico externo se ha vuelto tan refinado que ya casi no queda tiempo para el diagnóstico interno.
El mérito no es un concepto reaccionario
William James, padre del pragmatismo norteamericano, fue muy directo: sostenía que la mayor revolución de su generación era el descubrimiento de que los seres humanos pueden cambiar sus vidas cambiando sus actitudes. No esperando que el entorno cambie primero.
El mérito, en este sentido, no es un concepto de derecha ni de izquierda. Es simplemente la relación honesta entre lo que uno aporta y lo que aspira a recibir. Cuando esa relación se rompe —cuando se exige el resultado sin asumir el proceso—, no hay ideología que lo justifique. Solo hay frustración garantizada.
La viga en el ojo propio
El Evangelio de Lucas recoge una de las frases más incómodas de la tradición occidental: ¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en el tuyo? Dos mil años después, la pregunta sigue sin respuesta satisfactoria.
Lo vemos en el debate sobre diversidad corporativa. Cuando las grandes empresas —muchas de ellas después de años de presión pública— comenzaron a incorporar cuotas de representación en sus directorios, el objetivo declarado era ampliar el talento disponible y corregir sesgos históricos reales. Un propósito legítimo.
Pero una cosa es abrir la puerta y otra es prepararse para cruzarla.
Hoy asistimos a una corrección silenciosa: empresas en Europa y Estados Unidos están revisando sus políticas de diversidad obligatoria, no porque hayan abandonado el valor de la inclusión, sino porque en varios casos las personas que accedieron por cuota no desarrollaron el desempeño que el cargo exigía. La respuesta más frecuente no ha sido la autocrítica. Ha sido la acusación: las empresas son retrógradas, los directorios son excluyentes, el sistema es hostil.
Puede que en algunos casos sea así. Pero esa explicación se vuelve una trampa. Porque cierra la pregunta más útil: ¿qué podría haber hecho yo mejor?
No se trata de negar las barreras estructurales —que existen—, sino de no usarlas como coartada permanente para evitar el trabajo de fondo.
El esfuerzo como fuente de autoestima real
La psicóloga Carol Dweck lleva décadas estudiando la diferencia entre lo que llama mindset fijo y mindset de crecimiento. Sus conclusiones son contundentes: las personas que atribuyen sus logros al esfuerzo y al aprendizaje tienen mayor autoestima, mayor resiliencia y mayor capacidad de recuperarse del fracaso que quienes los atribuyen a un talento innato o a factores externos.
La autoestima genuina, en otras palabras, no viene de que te digan que eres maravilloso. Viene de saber que construiste algo con tus propias manos, que superaste algo que era difícil, que alcanzaste un lugar al que te costó llegar. Esa satisfacción no se puede transferir ni regalar. Solo se gana.
Lo que sí podemos hacer
Nada de lo anterior significa que las injusticias no existen o que las desigualdades de origen no importan. Importan enormemente. Pero la respuesta más poderosa a una injusticia no es esperar que alguien la corrija desde afuera: es desarrollar una capacidad tan sólida que se vuelva imposible de ignorar.
El jugador que quiere estar en la selección tiene dos caminos. Reclamar que el técnico es injusto. O entrenar hasta que no haya argumento para dejarlo fuera.
Solo uno de esos caminos termina en el campo de juego.
El esfuerzo no garantiza el éxito —nada lo garantiza—, pero es la única variable sobre la que tenemos control real. Y ejercer ese control, asumir esa responsabilidad, es también la única fuente duradera de dignidad personal.
Mirarse al espejo, en serio, siempre es más difícil que señalar la ventana. Pero es el único gesto que produce algo concreto.
Por Pedro Pablo Errázuriz
Ingeniero civil y exministro de Transportes y Telecomunicaciones.





