La selección viaja desde Huasco, junto al desierto de Atacama, hasta los antiguos campos del Itata, con parras que crecen sobre los 2.000 metros y cepas rescatadas del olvido.
Entre sus protagonistas aparecen dos hermanos que comenzaron después del 27F, una enóloga que pasó de 500 a 20.000 botellas y un profesor inglés que terminó cultivando variedades mediterráneas en Colchagua.
El crítico Alistair Cooper destacó producciones de autor, prácticas de mínima intervención y una generación que combina patrimonio, territorios extremos y nuevas experiencias de enoturismo.

La revista británica Decanter seleccionó a ocho productores que, a juicio de su especialista en Sudamérica, Alistair Cooper, están impulsando algunos de los cambios más interesantes del vino chileno. La lista reúne proyectos de Atacama, Elqui, Maipo, Colchagua, Maule, el Itata, Biobío y Cachapoal.
Hay parras aferradas a la cordillera del Elqui a más de 2.000 metros de altura y Pinot Noir creciendo junto al desierto. En el Itata, una enóloga comenzó a incorporar en sus etiquetas los nombres de los agricultores que han cuidado antiguos viñedos durante generaciones.
También aparecen dos hermanos que fundaron su viña después del 27F, una productora que comenzó con apenas 500 botellas y un profesor inglés convertido en viñatero. La selección incluye, además, a una familia que recuperó parras de Carmenère plantadas en 1945.
Las historias son distintas, pero comparten una búsqueda: rescatar territorios, cepas y formas de producir que durante años permanecieron fuera del foco internacional.
La selección fue publicada el 14 de septiembre y no corresponde a una clasificación. Es la mirada de Cooper, Master of Wine y especialista en Sudamérica, sobre ocho productores que destacan por su identidad antes que por su tamaño.

El impulso que dejó el 27F
Los hermanos José Ignacio y Sebastián Maturana llevaban tiempo imaginando una viña propia. Según la historia familiar, el terremoto del 27F los convenció de que había llegado el momento de concretarla. Decanter fecha la fundación de Maturana Wines en 2011.
El primero asumió la elaboración de los vinos y el segundo se concentró en la marca y en abrir la bodega a nuevas experiencias. Juntos salieron a buscar parras antiguas y cepas relegadas en distintas zonas del país.
De ese recorrido nacieron un vino naranjo de Torontel plantado en 1935, un Semillón procedente de Paredones y Panchita, producido con la casi desconocida variedad San Francisco. Cooper escogió este último para representar el trabajo de los hermanos.
Maturana llevó además su apuesta fuera de la botella mediante degustaciones, gastronomía, música y un festival de vendimia. También participa en Andes Colchagua, iniciativa que reúne viñas, hoteles boutique y atractivos locales para presentar la zona como un destino integrado.

Vinos en el borde del desierto
José Pablo Martin recorrió buena parte de Chile y pasó por bodegas francesas antes de encontrar su lugar en el extremo norte. Tras el cierre de Viña Tamaya, donde había sido director técnico, creó su marca personal con uvas de Huasco y Limarí.
En Huasco plantó Chardonnay, Pinot Noir y Garnacha junto con Daniel Llorente, propietario de Buena Esperanza. En el borde del desierto de Atacama, la influencia fría del océano permite elaborar vinos frescos, alejados de lo que podría esperarse de ese paisaje.
De Cal Garnacha 2024 fue la botella incluida en el artículo. Cooper describió las etiquetas de JP Martin como algunas de las más interesantes lanzadas en Chile durante los últimos años.
Martin trabaja también con uvas de Limarí y elabora un vermut con botánicos del norte. Decanter ya había reparado en su trabajo al analizar el avance del Pinot Noir sudamericano hacia territorios extremos.

Los nombres detrás de las etiquetas
Mucho más al sur, Ana María Cumsille encontró su camino entre las antiguas parras del Itata. Después de trabajar en Indómita, Altaïr y Cucha Cucha, decidió continuar vinculada a la zona cuando esta última cerró.
Su proyecto funciona en paralelo a su cargo como enóloga jefe de Viña Carmen. No posee viñedos propios: compra País, Cinsault, Semillón y otras variedades a pequeños agricultores de Ránquil, Guarilihue y Trehuaco.
Los nombres de esos productores aparecen en las etiquetas como reconocimiento a las familias que han conservado sus parras durante generaciones.
Cumsille comenzó en 2020 con solo 500 botellas de País y Cinsault. Actualmente elabora alrededor de 20.000. Decanter incorporó Altos de Guarilihue Semillón 2024 y situó su trabajo entre las mejores expresiones actuales de esa cepa en Chile.

Una ruta guiada por la cordillera
Andes Plateau propone otra forma de recorrer el país. Felipe Uribe, su esposa Maite Hojas y su familia construyeron la viña buscando uvas en distintos puntos próximos a la cordillera.
Se abastecen de campos ubicados en el Cajón del Maipo, la precordillera de Rengo y Mulchén. Desde esta última zona llega Cota 700 Chardonnay 2024, cuya pureza Cooper comparó con el agua del deshielo andino.
Uribe comenzó su carrera en San Pedro, estudió en Madrid, realizó vendimias en Estados Unidos y trabajó en William Fèvre Chile. Esa experiencia desembocó en una bodega que no depende de un solo campo e hizo de la cordillera su hilo conductor.
Su historia enlaza, además, dos nombres de la selección: Uribe integra el equipo enológico de Clos de Luz, la bodega familiar de Almahue que cierra el recorrido.

Otra lectura del Carmenère
La familia Bauzá plantó su viñedo de Tiltil en 1998 y lanzó Casa Bauzá en 2011. Rodrigo Bauzá encabeza el negocio vitivinícola y Natalia Poblete dirige la elaboración de sus vinos.
Poblete cuestionó la idea de que el Carmenère debía sobremadurar, pasar largos periodos en barricas y quedar marcado por la madera. Su trabajo buscó mayor frescura y una expresión más limpia de la fruta.
La exploración llevó a la bodega hacia Pumanque, Santa Cruz, Puente Alto y Melozal. Aunque el Carmenère ocupa un lugar central en su portafolio, Casa Bauzá ingresó en la lista con Veraz Cabernet Franc 2022.
El proyecto refleja así otra de las tendencias observadas por Decanter: revisar cepas tradicionales con una elaboración menos concentrada y pesada.
El inglés que levantó una viña
Matt Ridgway llegó a Sudamérica en 2003 como profesor de inglés. Años después compró un terreno abandonado en Santa Ana de Población, cerca de Peralillo, sin imaginar que terminaría elaborando sus propios vinos.
Su idea inicial era plantar uvas y entregarlas a cambio de algunas botellas. Una primera barrica elaborada en 2015 cambió el destino del campo y dio origen a La Despensa.
En una zona conocida por el Cabernet Sauvignon y el Carmenère, Ridgway escogió Garnacha, Syrah, Mourvèdre, Cinsault y Sangiovese. También plantó variedades blancas del Ródano y comenzó a trabajar con uvas de un antiguo viñedo de País en Pumanque.
La propiedad funciona con energía solar, el campo se cultiva sin herbicidas y numerosos perros rescatados recorren el viñedo. Boutique País 2023 fue la botella seleccionada por Decanter, que describió a La Despensa como una de las bodegas más singulares de Colchagua.

La Despensa busca comprador
La historia atraviesa ahora un giro empresarial. Ridgway y su esposa, Ana Cattan, pusieron La Despensa en venta bajo dos modalidades.
Por $650 millones ofrecen dos hectáreas con el viñedo, las bodegas, la sala de degustación, dos departamentos turísticos, piscina, casa para el cuidador y capacidad para almacenar más de 40.000 botellas.
Ese precio no incluye la residencia principal, la marca, las existencias de vino, los acuerdos de distribución ni el equipamiento enológico, aunque esos activos pueden negociarse por separado.
La segunda opción corresponde al conjunto completo, valorizado en torno a US$1,5 millones. Incluye dos propiedades contiguas que suman 3,36 hectáreas, la residencia familiar, los viñedos, las bodegas, el alojamiento turístico, la marca, los vinos almacenados y los acuerdos de distribución en Chile y el extranjero.
Ridgway ofrece permanecer como enólogo o administrador durante el traspaso o por un periodo más extenso acordado con el comprador.

Parras que trepan la cordillera
En Alcohuaz, las vides parecen desafiar el paisaje. Crecen sobre laderas de granito, bajo un sol intenso y a alturas que superan los 2.000 metros en la cordillera del Elqui.
Viñedos de Alcohuaz nació de una idea de Álvaro Flaño y fue desarrollado por su hijo, Patricio Flaño. Marcelo Retamal ayudó a definir su estilo y Rosario Fillol continuó ese trabajo con una enología de mínima intervención.
Las uvas todavía reciben un prensado inicial con los pies en lagares de piedra. Desde esas alturas nace Cuesta Chica Garnacha 2023, distinguido por Decanter por su frescura, tensión y diferencia frente a otras expresiones chilenas de la cepa.
La viña también está desarrollando nuevas experiencias turísticas y acaba de sumar Capi, su primer fortificado, elaborado con Touriga Nacional, una de las variedades centrales de los vinos de Oporto.

Cinco generaciones en Almahue
La familia Edwards adquirió su campo de Almahue en 1892. Allí, Luz Pereira, abuela de los actuales propietarios, plantó en 1945 las antiguas parras de Carmenère que hoy constituyen el principal patrimonio de Clos de Luz.
Gabriel Edwards creó la viña junto con sus hermanos en 2015 para recuperar ese legado familiar y posicionar a Almahue como una zona vitivinícola con carácter propio.
La bodega reproduce nuevas plantas a partir de sus antiguas parras de Carmenère para preservar las características del viñedo original.
Azuda Carmenère 2024 fue el representante de Clos de Luz en el artículo. La viña también lanzó un vermut elaborado con botánicos de Almahue, estrenó su primer vino blanco y está ampliando los recorridos por sus viñedos.
Las ocho elegidas no responden a un solo tamaño, territorio o modelo de negocios. Algunas poseen campos familiares; otras compran uvas a pequeños agricultores o recorren Chile en busca de parcelas capaces de contar una historia.
La mirada de Cooper retrata una industria que ya no intenta hablar con una sola voz, sino exhibir la diversidad de paisajes, cepas y personas que caben dentro de una botella chilena.





